9/7/10

Memorias

Hace ya tiempo que mis padres se aburren, incluso el uno del otro, incluso de ellos mismos. He intentado medidas para aplacárselo: en el caso de mi madre, más joven y más vital, ha sido fácil el asunto; pero mi padre... No hay manera: ni un curso de informática, ni de fotografía, la propuesta de que fuera todos los días a la biblioteca para leer el periódico y de paso darse un paseíto también fracasó, no sirvieron los puzles, ni… Se me ocurrió que si le tocaba la tecla del recuerdo saltaría alguna chispilla porque en lo que sí que se está convirtiendo es en un rapsoda de viejas historias de su vida, del pueblo, de la faena, de la familia (estas son las más suculentas)... Pero y escribir, ¿querría él escribir? ¿Querrían él y ella escribir?
Un día encontré unas libretas preciosas y las llevé a casa envueltas en papel de regalo para entregárselas a los dos tediosos; al abrirlas, se encontraron con un índice de historias que yo les había confeccionado. Se emocionaron y, junto al café y las pastas, mi ridículo índice aumentó de tamaño y calidad (me estaba dando cuenta de lo poco que sabía de ellos yo, la que pensó que los sabía todos, los mitos y las leyendas, de tanto preguntar por ellos). También aumentó una seria advertencia llena de inocencia: “No has de fijarte en las faltas que nosotros no hemos ido a  escuela”.
Hace unos quince días volví del pueblo con dos sorpresas: que mi madre se había comprado una libreta nueva de una raya porque se aclaraba mejor para escribir y además, con la mía no iba a tener suficiente espacio para poner todo lo que quería, y que mi padre me dio la suya porque ya había acabado. Mi madre lo miró de reojo y le dijo: “¡Sí, mira! ¡Se ha escaldao de tanto escribir!”, y tenía razón, había páginas escritas pero no más de un tercio del cuaderno. Él notó mi mirada triste y al quedarnos a solas me confesó: “Es que me hacía mal escribir, me ponía muy triste con los recuerdos y hasta se me ha caído alguna lagrimica...”. Cogí la libreta y en medio de un abrazo le di las gracias.
Al llegar a casa estaba impaciente, quería saber. Él la había titulado y todo: Memorias y su nombre. Sin ni siquiera sentarme, al hojear sus páginas algo me hizo parar en la última página escrita: había una fecha y estaba firmada; tenía una conclusión e iba dirigida a un vosotros.
La libreta continúa sobre la mesita del sofá, donde colocamos los libros que estamos leyendo. Hace más de dos semanas que volví del pueblo, más de quince días en los que he sido incapaz de leer ni una sola página.

3 comentarios:

Emig dijo...

Esto me ha recordado que mi madre tiene escritos más de 400 refranes entre castellano y valenciano... desde que hace años le invité a que lo hiciera... y quizás la opción de publicarlo algún día... En esto último necesitaré la inestimable ayuda de Eli...

Saludos y encantado de leerte... voy menos por estos lares pero no los dejo.

Emig

Anónimo dijo...

Como todavía los recuerdo, para algo fueron mi primer proyecto de suegros.... me ha conmovido mucho, igual sin haberlos conocido, me habría conmovido igual, soy un sensibleras como ya sabes...

una alegría tenerte en el FB y poder cotillear tu blog. En el FB también tengo a nuestra amiga común, a ver si un día quedamos los tres y nos echamos unas risas....

sisco

Ana dijo...

Hola "SISCO"

Primer proyecto de novio, jajaja. ¡Qué bueno!, !y qué cierto!

Un placer su sensibilidad en los tiempos que corren y tu visita por aquí.
(Ya hablaremos mi amiga y yo, jejeje)

Un abrazo