15/7/09

Esto no es un texto triste


Se supone que estamos anclados a un lugar y que a lo largo de nuestras vidas debemos de estar ligados a él para allí morirnos felices. Ese lugar precioso y nostálgico al que te gustaría pertenecer siempre, puede que más allá del horizonte en la ladera de un monte para tener buena vista, pero yo no lo tengo.

Sólo una vez lo elegí. Teníamos una casa en la playa que el cemento se encargó de derribar porque deslucía el paisaje de hoteles y restaurantes, la convirtieron en un aparcamiento. Viví cinco años allí, uno de mis paseos favoritos era ir hasta la escollera, para nosotros las rocas, y sentarme en la curva a leer o a pensar o a simplemente notar el sol o a observar a los gatos que por allí vivían, que eran muchos y habían hecho colla. Hoy todo ese lugar es un bloque de cemento inaccesible a los caminantes y lleno de barcos y máquinas. No me sirve.

Ahora pienso y pienso y no lo tengo, me da un poco de rabia pero en ninguno el corazón me late. Quizá es que a mí lo que me ha tocado, como a Cortázar, es un sillón para morirse. Ese sí lo tengo, con mantita y todo (¡cómo adoro esa mantita!); aunque claro, que no me quemen y esparzan mis cenizas en él por favor.