29/3/09

Feas, taradas y avinagradas

Hay una famosa película de Frank Capra del año 1946: ¡Qué bello es vivir! donde James Steward hace el papel de un buen hombre al que los negocios han arruinado. Decide suicidarse, pero un ángel que quiere ganarse las alas -interpretado por Henry Travers- intentará ayudarlo. James Stewart -o mejor, el honrado Georgey Bayle que el actor encarna- se arrepiente de haber nacido, y el ángel le muestra lo que sería el mundo sin él: muchas cosas habrían cambiado, y la vida, en algunos aspectos, sería muy deprimente. Hay una escena en la película en la que él quiere saber que habría sido de su mujer si él no hubiera nacido, y el ángel se niega a responderle: "Eso no puede ser... No puedo... No te gustará... No debo decírtelo." Ante su insistencia le explica, con cara compungida, el lugar donde trabaja aquella que era su mujer: corriendo va a buscarla y se encuentra con una soltera triste, con el pelo recogido por detrás, un gorro insulso en la cabeza, unas pequeñas gafas y un vestido gris, que está a punto de acabar su jornada laboral: sale de una biblioteca donde, evidentemente, trabaja de bibliotecaria.

Alrededor de todo esto, recuerdo ahora el artículo que hace algunos años Marisa Villora publicó en el boletín de l'ANABAD -anagrama de la Asociación Nacional de Archiveros, Bibliotecarios y Documentalistas- titulado "Los bibliotecarios en la novela actual" donde se hacía eco de un hecho curioso: en las novelas de ciencia-ficción i en la novela negra era donde ella había observado que con más frecuencia aparecía la imagen del bibliotecario. En las primeras se trataba -no podía ser de otra manera- de bibliotecarios robot, pero en las segundas la presencia del gremio era de lo más tópica. Vemos a Raymond Chandler en La ventana siniestra: "esas vírgenes de rostro avinagrado sentadas detrás de los escritorios de las Bibliotecas Públicas"

Prácticamente todos los profesionales que aparecen en la literatura son del género femenino, y si son bibliotecarias, no es por vocación: quién sabe si lo son para no ser monjitas. Monserrat Roig en Ramona, adéu: "La tía Sixta dice que las mujeres se hacen bibliotecarias cuando ven que se quedan para vestir santos." Eso, o se trata de mujeres feas o con un defecto físico: Manuel de Pedrolo en Anònim II o de les dimensions permanents de la Triarquia: "¿Y las cojas? ¿Cuándo las harás venir?/ No las haré venir. ¿No podemos vivir todos juntos, aquí? Y si tienen una recaída sus madres no me lo perdonarían. Al fin y al cabo, ya están acostumbradas a ser cojas. Las tres se han de buscar ocupaciones que les convienen: bibliotecaria, modista y dibujante."

Al menos es de agradecer que Quim Monzó en su libro de cuentos El perquè de tot plegat, concretamente el que lleva por título "L'amor" comience con estas palabras: "La archivera es una mujer alta, guapa, con rasgos faciales grandes y vivos. Es inteligente, divertida, y tiene lo que se dice carácter". (Por cierto, en la adaptación para el cine hecha por Ventura Pons es bibliotecaria, pero no es tan guapa: el papel lo hace Rossy de Palma).

[Nota: la traducción es mía, con motivo de este texto, extraído del dietario catalán Com l'Angèlica de Ramon Guillem (escritor y bibliotecario valenciano).]

Dedicado a Catuxa