6/2/08

El cuaderno dorado (II): La forma, el fondo y las palabras

El cuaderno azul

-…dígame por qué algunos libros son tan sólo para una minoría…

Lo pensé y respodí:

-Es una cuestión de forma.

-¿De forma? ¿Y qué hay de vuestro tan cacareado contenido? Yo había entendido que la gente como vosotros se empeña en separar la forma del contenido.

-Mi gente puede que lo separe, pero yo no. […] Es más, afirmo que todo es una cuestión de forma. A la gente no le importan los mensajes inmorales. No le importa el arte que le diga que el asesinato es bueno, que la crueldad es buena, que el sexo por el sexo es bueno. Le gusta, en todo caso, a condición de que el mensaje esté debidamente disfrazado. Los mensajes que gustan a los lectores son aquellos que dicen que el asesinato es malo, que la crueldad es mala y que el amor es el amor que es amor. Lo que no pueden sufrir es que les digan que nada importa nada; no pueden soportar la falta de forma… […] No creo que algunos libros sean solamente para una minoría. Ya sabe que no lo creo, puesto que no tengo una idea aristocrática del arte.

-Mi querida Anna, la actitud de usted hacia el arte es tan aristocrática que cuando escribe, cuando llega a escribir, lo hace sólo para usted.

-Igual que todos los demás… […] Los demás, todo el mundo; los que escriben libros en secreto, porque tiene miedo de lo que piensan.

-¿Así que usted tiene miedo de lo que piensa? –Y tomó la agenda para anotar que la sesión había terminado.

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Cada vez tengo más vértigo al hecho de que las palabras no signifiquen nada, porque la realidad es que las palabras no significan nada, pues se han convertido, cuando lo pienso, no en la forma dentro de la que se moldea la experiencia, sino en una serie de sonidos desprovistos de sentido (como el habla de los niños) y al margen de la experiencia. O como la banda sonora de un filme que haya resbalado y perdido la conexión con la película. Cuando pienso, basta que haya escrito una frase como “fui calle abajo” o que haya tomado una frase de un periódico como “medidas económicas que consiguieron el pleno rendimiento de…”, para que de inmediato las palabras se disuelvan y la mente comience a generar imágenes que no tienen nada que ver con las palabras, de modo que cada palabra que veo u oigo es como una pequeña balsa flotando sobre un enorme mar de imágenes. Por esto ya no puedo escribir, a no ser que lo haga deprisa, sin volverme a mirar lo que he escrito, porque si lo miro, las palabras se ponen a nadar y no tienen ningún sentido, y tan sólo consigo ser consciente de mí, Anna, como un pulso dentro de una gran oscuridad. Así, pues, las palabras que yo, Anna, escribo sobre el papel, no son nada o son como las secreciones de la oruga, que salen en forma de filamento y se endurecen al contacto con el aire.

Se me acaba de ocurrir que lo que me está sucediendo a mí, Anna, es un desmoronamiento de mi persona, y que ésta es la manera de darme cuenta, ya que las palabras son la forma, y si me encuentro en un pozo donde el molde, la forma o la expresión no son nada, entonces es que yo tampoco soy nada…

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