20/1/08

De aquellos polvos, estos lodos




Las comunidades bilingües, o mejor dicho, con dos lenguas oficiales, vivimos en España subyugadas a la consideración de que debemos conocer bien la lengua mayoritaria, en todas el castellano, y luego si aprendes la que originariamente ha supervivido desde antes que este último se impusiera, pues eso que tienes, aunque si decides lo contrario este hecho no te va a impedir desenvolverte plenamente en sociedad, ya que la lengua mayoritaria sí se puede imponer pero no la lengua originaria, es un derecho pero no una obligación según la mayoría de los estatutos de autonomía de estas comunidades. Así es como ha sido desde siempre y así es ahora, sólo que claro, ahora estas lenguas más minorizadas que minoritarias (el catalán ocupa en el mundo el 88 en número de hablantes, por delante del búlgaro, por ejemplo) tienen sus días contados como auguran ya múltiples estudios.

Numerosos ejemplos de minorización de la lengua autóctona los tenemos en ilustres investigadores y críticos literarios de consideración académica más que probada pero, bajo mi punto de vista, con una sensibilidad lingüística nula hacia la lengua, o más bien, hacia la lengua de los otros, que desmerece bastante su labor.

Los que redacten el Diccionario tendrán que saber que no se trata de falsificar una lengua recurriendo en caso de necesidad al portugués o fraguando derivados seudo populares del latín (como el caiderádego del que se burlaba Unamuno). Los que formen ese Diccionario tendrán que saber que el gallego es hoy una lengua por un lado rural y por otro poética, y nada más; que para escribir ciencia o filosofía los gallegos tendrán que escribir en castellano (que lo hacen espléndidamente).

Dámaso Alonso (1950)

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