6/11/07

El Comentario Apropiado

En la última revista L’Illa hay un artículo de Empar Moliner en el que propone prohibir los libros para así fomentar la lectura. Dicho artículo está encabezado por la siguiente historia (traduzco):

    He aquí que unos padres se acercan a la famosa escritora después de una conferencia y le dicen, muy preocupados, que su hijo no lee. Ella les pregunta: “Y vosotros, ¿qué leéis?”, ellos bajan la cabeza y responden que no. Y la mujer concluye: “¿Entonces? Cómo queréis que vuestro hijo lea si vosotros no leéis?” Pero mirad que, a continuación, se le acercan otros padres también muy preocupados porque su hijo no lee. “Y vosotros, ¿qué leéis?”, les pide también ella. “Sí, sí, muchísimo”, responden ellos con el orgullo que supone. Y la escritora les contesta:”¿Entonces? ¿Cómo queréis que vuestro hijo lea si vosotros leéis?”.


Curiosamente durante estos días, leyendo La Buena Terrorista, de Doris Lessing, me encuentro con el siguiente fragmento que bien podría ilustrar esta situación:


    Dejó a Philip y se fue a la sala, donde encontró a Pat […] Estaba leyendo. Una novela. De un ruso. Alice conocía el nombre del autor como conocía todos los nombres de autores, es decir, como objetos dispuestos sobre una estantería, redondos, duros y refulgentes, dotados de vida y luz propias. Como canicas, que por mucho que una las hiciera girar entre los dedos jamás cederían, no revelarían sus secretos, no se doblegarían.
    Alice nunca leía nada, aparte de periódicos. De niña le tomaban el pelo: Alice tiene un bloqueo contra los libros. Aprendió a leer tarde, un hecho que no podía pasar inadvertido en esa casa de devoradores de libros. Sus padres, sobre todo su madre, lo había leído todo. Nunca paraban de leer. Los libros entraban y salían en avalancha de la casa. “Crían en las estanterías”, solían bromear alegremente sus padres y luego también su hermano. Pero Alice cultivaba su bloqueo. Ése era un mundo en el que podía escoger no entrar. Era posible negarse educadamente. Persistió, educada pero firmemente, en su actitud, poniendo secretamente a prueba su capacidad de inquietar a sus padres. “No le veo el sentido a tanta lectura”, decía; y continuó diciéndolo, incluso en la universidad, donde estudió política y economía, sobre todo porque los libros que tendría que leer no poseían la inaccesible cualidad burlona de esos otros. “Sólo me interesan los hechos”, solía decir en esa época en que no tuvo escapatoria: era preciso leer un mínimo de libros.
    Pero más adelante descubrió que no podía decir eso. En las casas ocupadas y comunas había siempre todo tipo de libros. Alice solía preguntarse cómo era posible que un camarada con una visión adecuada, clara y correcta de la vida estuviera dispuesto a ponerla en peligro leyendo todas esas cosas equívocas y peligrosas a las que ella se asomaba breve, presurosamente, a veces, para luego retroceder como si se hubiera escaldado. Incluso había llegado a leer secretamente hasta el final una novela recomendada como un útil instrumento en la lucha, pero había tenido la misma sensación que de niña: si continuaba por ese camino, permitiendo que un libro le llevara a otro podría encontrarse perdida y sin mapas.
    Pero sabía hacer el comentario apropiado. Ahora dijo, a propósito del libro que estaba leyendo Pat:

    -Es un gran autor humanista.


    -¿Nabokov, humanista?- preguntó Pat, y Alice advirtió un grave peligro de lo que más la horrorizaba en el mundo: una conversación sobre literatura.


    - Bueno, yo así lo creo […] Muestra verdadero interés por las personas.
    Alguien, algún camarada, en algún momento, en una de las casas ocupadas, había comentado en broma: “En la duda, clasifícalos como humanistas”