1/6/04

El Censor Ejemplar: Anthony Comstock

Hace ya algún tiempo hablamos de estas historias de masacre, quema, destrucción y desaparición de los libros y, por ende, de las conciencias de autores, lectores u oidores en bastantes ocasiones. Historias en su mayoría tremendas, por la capacidad represora que contienen, como bien se recordaba tiempo atrás en una presentación del libro que salió publicado a propósito de este tema, que ya quedó comentado por estos entornos como pasta de papel, con una excelente ilustración que nos ofreció uno que pasaba.

A propósito de este tema os voy a presentar a un personajillo, que espero que Dios lo tenga en su gloria durante los siglos de los siglos para que no se le ocurra pisar la tierra por nunca jamás. Se trata de Anthony Comstock, fundador en Nueva York hacia finales del siglo XIX, de la Sociedad para la Erradicación del Vicio, y poco después, de la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA) verdadero organismo censor que ya lo quisiera para sí el actual presidente de la nación dónde se ubica dicha ciudad. Funcionaba bajo una premisa, nuestro padre Adán no leía en el Paraíso por la que se dedicó a erradicar tan corrupto vicio, el de leer. Estaba tan contento de sus cometidos de ángel castigador al servicio del Señor, que se jactaba de afirmaciones tan horribles como esta:
    En los cuarenta y un año que llevo aquí, he logrado que se declarase culpables a suficientes personas para llenar un tren de pasajeros con sesenta y un vagones […] y he destruido 160 toneladas de literatura obscena.

¿A qué llamaba Comstock literatura obscena? Balzac, Rabelais, Whitman, Bernard Shaw o Tolstoi que dibujaban heroínas encantadoras y agradables, extorsionadoras de la paz del hogar ajeno, o deliciosas recién casadas entorno a las cuales se arremolinan los amantes, para disfrutar de privilegios que sólo pertenecen al marido.

Se dice que el ardor destructor de Comstock fue al menos responsable de dieciséis suicidios.

No hay comentarios: