22/12/05

Parecen felices...

Parece que en Navidad el mundo es feliz, nos amamos. Nos regalamos y besamos los unos a los otros como buenos hermanos. Es difícil evadirse de esta moviola vestida de "tradición" ni para los que quieren hacerlo.

Hoy, acabado el trabajo, vuelvo a casa con miles de felicitaciones ansiosas de perderte de vista y el regalo de un anónimo, o mejor dicho, de un o una invisible, un libro de Ángel González, Palabra sobre palabra, y leo:

TODOS USTEDES PARECEN FELICES...

...y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen, incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen -nada
más que parecen- felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo: esta
desesperante, estéril, larga,
ciega desolación por cualquier cosa
que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.


Por cierto, tiene buen gusto mi invisible donante.

12/12/05

Ocupada

Puede que Pavese tenga razón.

Debe de ser importante que un joven siempre ocupado en estudiar, en volver páginas, en leer y releer, hiciese su gran poesía sobre los momentos en que salía al balcón o de estar bajo un arbusto o en el ribazo o en un campo verde. (Silvia, Infinito, Vita solitaria, Ricordanze.) La poesía nace, no de la our life's work, de la normalidad de nuestras ocupaciones, sino de los instantes en que levantamos la cabeza y descubrimos con estupor la vida. (También la normalidad se convierte en poesía cuando se hace contemplación, es decir, cesa de ser normalidad y se convierte en prodigio.)

Aquí se comprende por qué la adolescencia es gran materia de poesía. Se nos aparece a nosotros -hombres- como un instante en el que todavía no habíamos inclinado la cabeza ante las ocupaciones.



Cesare Pavese, El oficio de vivir