11/7/05

Te escribo esta carta para decirte...

El título de este texto puede que haya sido el comienzo de centenares de cartas. Tengo muchas pendientes de escribir, excusadas siempre bajo un ahora no tengo tiempo que no me convence ni a mí misma, obligada como estoy a escribir una media de diez mails diarios. Correos rápidos, cómodos, económicos, de pronta respuesta, pero de efímera vida.

Los epistolarios han constituido unos documentos de gran riqueza cultural a lo largo de la historia. Se han reconstruido cientos de biografías gracias a ellos. Por ellos supimos de amores y peleas, así lo muestran algunas cartas intercambiadas entre Lorca, Dalí y Buñuel; curiosidades y hallazgos científicos, como los que conocimos gracias a las cartas de Leonardo da Vinci; sin olvidar tampoco que fueron de los más importantes medios de expresión de la literatura escrita por mujer en una época verdaderamente patriarcal, como la que en 1690 Sor Juana Inés de la Cruz envía a su superior, aquella Carta atenagórica, donde según la retórica de la época, ya hace la autora una reivindicación del derecho a interesarse por el saber, aunque se sea mujer.

Hemos pasado de la cajita con cartas antiguas guardadas en un armario o en nuestro escritorio a las carpetas de un nuevo escritorio. Y cómo ha cambiado nuestro escritorio, del aglomerado de color madera a uno con un fondo maravilloso de un paisaje paradisíaco o con la imagen de uno de nuestros cuadros preferidos.

Seguramente mi generación puede que siga enviando alguna carta. Puede ser también que, a parte de las de reclamaciones por escrito ante algún fraude sufrido, escribamos alguna felicitación vía tarjeta postal. En su día, estas cartas que ya no necesitamos enviar fueron necesarias para susurrar un te amo, para gritar algún te odio, para que alguien lea un querida madre te echo de menos, para un no estoy de acuerdo con tu teoría

Ahora me pregunto, ¿cuántos de nosotros escribimos cartas?

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