15/6/05

Francisco Columna V

Un folletín, un follón pequeño, eso es en lo que nos metimos al seguir instrucciones bibliotecosas. Suele pasar, y a mí me lo pasa Yavanna.

Lo mejor de mi parte es empezar presentando a un dominico enamorado y la siguiente característica de nuestro personaje: consideraba las lenguas modernas cual jergas rústicas o como corrupciones más o menos bárbaras útiles no más que para interpretar las necesidades materiales de la vida, mas insuficientes para lograr una expresión elocuente y poética de las ideas y de los sentimientos.

A continuación la quinta entrega:

    -Es extraordinario –dijo Apóstolo a media voz-. Un dominico enamorado. Debe de haber en esto una novela.
    -¿Y por qué no? –contestó Lowrich-. Coge la pluma y vamos con el folletín, puesto que no puedes prescindir de él.

    Apóstolo se sentó cómodamente en el sillón, mojó la pluma en el tintero y escribió lo que sigue, comenzando por el título, del que me alejó el largo paréntesis que antecede:

    FRANCISCO COLUMNA
    (Novela bibliográfica)

    Es sin duda el linaje de los Colonia uno de los más encumbrados de Roma y de Italia, aunque todas las ramas de él no hayan gozado de los mismo honores y bienandanzas. Sciarra Colonia, gibelino hasta la médula, que apresó a Bonifacio VIII entregándole a los Agnani y que en el hervor de su victoria dio una bofetada a aquel Sumo Pontífice, pagó duramente sus violencias bajo el pontificado de Juan XXII. En 1328 se le desterró de Roma y se le degradó, así como a sus hijos y a toda su descendencia, y le fueron confiscados los bienes en beneficio de su hermano Estéfano Colonia, que fue siempre güelfo apasionado.

    Los descendientes del infortunado Sciarra malvivieron pobres como él, en Venecia, y en 1444 quedaba no más que un heredero de tantas calamidades, Francisco Colonna, que nació en los comienzos de dicho año y que era doblemente huérfano, porque su madre murió al darle a luz y su padre fue asesinado el día antes. Adoptóle Jácome Bellini, celebrado pintor, que le educó juntamente con sus hijos, queriéndole con la misma ternura que a estos, y el muchacho supo merecer los desvelos de su padre adoptivo y de sus hermanos de adopción, Giovanni y Gentile. Aun no contaba diez y ocho años cuando renovaba en la historia de la pintura los recientes, prodigiosos y precoces triunfos de Mantenga. Giotto tenía otro rival. Mas la fatalidad estaba unida a estos Colonia, y ni aun pudo conquistar laureles. ¡Y, sin embargo, las obras maestras que salieron de sus pinceles son hoy admiradas con el nombre de Mantenga o el de Bellini!

    Desde luego la pintura no era el objeto exclusivo de sus amores y de sus estudios, porque la consideraba como algo secundario entre las artes que embellecen la vida de los humanos. Atraíale la arquitectura, que levanta monumentos a Dios, intermediarios entre la tierra y el cielo, mas no buscaba las leyes de este arte ni sus maravillas en las creaciones gigantescas de su tiempo, que en la mayor parte de los casos le parecían extravagancias grotescas a las que faltaba casi siempre la impronta de la razón y del gusto. Atraído por aquella esplendorosa renovación llamada Renacimiento, que comenzaba a conmover a Italia, Francesco sólo por la fe siguió siendo del mundo moderno que el Cristianismo renovara, siendo la antigüedad clásica la que admiraba y aun cultivaba, con lo que en él se realizó una extraña mezcla de creyente en su religión y de enamorado de la estética del paganismo. Tan lejos iban estas preocupaciones o ansias suyas de belleza que consideraba las lenguas modernas cual jergas rústicas o como corrupciones más o menos bárbaras útiles no más que para interpretas las necesidades materiales de la vida, mas insuficientes para lograr una expresión elocuente y poética de las ideas y de los sentimientos. Y de ello vino a resultar que construyó para su uso íntimo una lengua en la que el toscano entraba con ciertas formas sintácticas y las disonancias más suaves y que en lo demás antes recordaba a los homeridas, a Tito Livio y a Lucano, que a Boccacio y a Petrarca. Aquella rareza de su espíritu, propia de un carácter original, destinado, según las apariencias, a dejar huellas hondas en su tiempo, aisló a Francesco de los demás mortales. Teníasele por un visionario melancólico, poseído de las ilusiones del genio e insensible a las dulzuras de la vida en relación. No obstante, algunas veces aparecía en el palacio de la ilustre Leonora Pisan, heredera, a los veintiocho años, de la fortuna más cuantiosa que se conociera en la república de Venecia, y con esta dama estaba su prima Polia, hija única del último Polia de Treviso; porque se ha de advertir que la espléndida mansión de Leonora venía a ser por aquellos días un santuario de las artes y de la poesía, y que aquella musa atraía a los talentos de la época. Se notó que Francesco acudía con frecuencia al palacio, siempre soñador y cada vez más triste; que después hizo más raras las visitas, hasta que no volvió a aparecer.
    [...]


No se vayan todavía aún hay más, en el Documentalista Audaz.

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