21/5/05

Leyendo I

Pero, ahora, la lámpara vigila toda la noche, toda la noche, toda la noche, sin saber hasta cuándo debe durar su desazón.

Porque se vive con el corazón incomunicado, atisbando cada sombra que cruza, cada pisada, cada vestigio; cualquier mutación se convierte en señal: en alarma de no reconocer, por la alteración de la sangre, la llegada de la sentencia o de la gracia.

Porque se vive con el corazón en peligro de muerte y ya no existe deseo, ni acción, ni noticia, ni costumbre que encadene los días. Todo flota en el vacío. Se tambalea en una selva de terrores. Y ya no hay devenir, sólo división.

Sólo un instante cercenado como una única reiterada, pertinaz y torturante nota.

Porque se vive con el corazón alerta, en espera de su ejecución. Y es del todo imposible domar el río del tiempo para que fluya o se detenga sin abrir acantilados bajo nuestros pies.

Y no se puede retroceder hasta el entonces para pedir auxilio, ni acelerar el después para que el suplicio acabe, ni aferrarse al momento para que ni lo pasado ni lo por venir pasen con sus tormentas y promesas.

No. No se puede impedir lo inminente, ni conjurar al todavía, ni pedirle que aguarde al mientras tanto, cuando el tiempo sólo es una tregua, un paréntesis en una cuenta atrás inexorable y no hay otro alivio, ni un acaso cierto, que el de acabar
.


Ana Rossetti. Punto Umbrío.

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