25/1/05

Los Libros en la Luna

En el trabajo usamos pequeños libros de notas confeccionados con los llamados folios “en sucio” (qué nombre más desafortunado para lo útiles que resultan). Mi parte curiosa hace que normalmente antes de manchar definitivamente la cara blanca de aquéllos, no pueda resistir la tentación de ver qué habrá escrito detrás. Esto fue lo que encontré perfectamente encuadrado en uno de los papelillos:

    Al abrir el estuche encontré no sé qué continente de metal muy parecido a nuestros relojes y llenos de no sé qué pequeños resortes y de máquinas imperceptibles. Era, en efecto, un libro, pero era un libro milagroso que no tenía ni hojas ni letras; era, en resumen, un libro, para leer el cual eran inútiles los ojos; en cambio, se necesitaban las orejas. Así, pues, cuando alguien quería leerlo no tenía más que agitar esta máquina con gran cantidad de movimiento en todos sus pequeños nervios y luego hacer girar la saeta sobre el capítulo que quería escuchar, y en haciendo esto, como si saliesen de la boca de un hombre, o de la caja de un instrumento de música, salían de este estuche de libro todos los sonidos distintos y claros que sirven como expresión de lenguaje entre los grandes pensadores de la Luna. De esta manera, tendréis eternamente alrededor vuestro a todos los grandes hombres, muertos y vivos, que os entretienen de viva voz.

Cyrano de Bergerac, Histoire comique des états et empires de la Lune, 1657.

Ya en casa revisando alguno de nuestros enlaces antes de empezar a escribir este post encuentro lo siguiente en La Mirada Oblicua:

¿Alguien ha aprendido alguna vez a conducir un coche sólo leyendo libros?


Yo no conozco a nadie, pero si vais a la Luna y encontráis ese maravilloso estuche que describe Cyrano, buscadme, yo estaré cerca.

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