20/7/04

Lectura

Hace algo más de un año se reeditó un libro de Félix de Azúa que originalmente fue editado en 1999. Esta nueva edición del Diccionario de las Artes, pone al día la bibliografía, introduce correcciones y enmiendas, y se añade un prólogo programático del autor. Verdaderamente es un libro muy interesante, ameno en su lectura y con mucho sentido del humor. Como bien dice Azúa, el formato de diccionario permite al lector una anarquía en la lectura. Y justo ahí me voy a parar, en su definición de 'lectura':

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Cuando en 1846 Rawlinson consiguió leer las tablas con inscripciones cuneiformes que los exploradores ingleses habían robado de la antigua Persia, sonó en el interior de su alma la voz colosal de los pastores y de los reyes, repitiendo incansablemente sus leyes para un desierto poblado por el cadáver de tres civilizaciones. La voz había enmudecido durante milenios, o sólo había resonado entre los muertos. Pero en el alma de Rawlinson no resonó ninguna voz del pasado histórico, sino una voz del presente que revivificó a los antiguos tiranos persas, así como los actores revivifican en la sucesión del tiempo a miles de Hamlet, de Edipo, de Fausto siempre distintos y el mismo.

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El dilema entre la vista y el oído, muy presente en la lectura, es imprescindible para la cultura occidental. La herencia griega es visual; la herencia hebrea es auditiva. Para los griegos la vista era el sentido supremo; para los hebreos lo era el oído.

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(La lectura en voz alta) fue la práctica habitual hasta la invención de la lectura personal o lectura silenciosa, invención atribuida por Agustín de Hipona a San Ambrosio de Milán... Sólo con el advenimiento de las sociedades democráticas se generalizó la lectura muda, privada, la lectura de propietario, como si dijéramos. Los ciegos corrieron entonces el peligro que antes habían corrido los sordos, y durante un tiempo fueron los ciegos los individuos más desdichados del planeta.

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Pronto, sin embargo, se inventó la lectura en caracteres Braille y ya no hubo ni ciegos ni sordos que pudieran escapar a la lectura. Desde entonces los ciegos han hecho una asombrosa carrera de capitalistas. La sociedad, admirada, ha dejado de llamarles "ciegos" y ahora les llama "invidentes", que es un grado superior de la carencia y una jerarquía de la voluntad, como si fueran ellos mismos quienes se niegan a mirar.


Esta definición de 'lectura' de Félix de Azúa es mucho más extensa y mucho más rica, pero no voy a agobiaros... que bastante calor hace ya.
[Publicado por David]

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