26/7/04

¿La Dulce Espera?

Como de costumbre, encendió su ordenador y se sirvió un café. Detestaba la tiránica decisión de su PC, o de los ingenieros de sistemas o de la realidad, de hacerle esperar sin dejarle derecho al pataleo.
Cuando escuchó el arpegio de apertura del programa se acercó, movió el cursor sobre el icono que mostraba el pequeño teléfono amarillo y pulsó dos veces el botón izquierdo del mouse. Luego volvió a la cocina, esta vez con la excusa de espiar en la nevera para confirmar que allí no había nada tentador, aunque en realidad lo hizo para evitar que su máquina le viera ansioso e impotente esperando la apertura de su conexión con Internet.
Roberto tenía con su ordenador ese vínculo odioso que compartimos los cibernautas. Como todos, él sobrevivía con más o menos dificultad –según los días- a esa relación ambivalente que se tiene con aquellos que amamos cuando nos damos cuenta de que dependemos de sus deseos, de su buena voluntad o de alguno de sus caprichos.
Pero hoy el PC estaba en uno de sus días buenos. Había cargado los programas de distribución con velocidad y sin ruidos extraños y, lo más agradable, ninguna advertencia rutinaria había aparecido en la pantalla.


Así empieza Amarse con los ojos abiertos, un libro de Jorge Bucay en donde la tecnología y su “magia” sirven para enlazar algunos misterios sobre las relaciones de pareja, narrada por dos especialistas en el tratamiento de éstas. Estos párrafos, iniciales del texto, me llamaron poderosamente la atención, al preguntarme cuántos de nosotros tenemos esa idéntica costumbre de Roberto cuando pulsamos el botón que da marcha a nuestro aparatito de trabajo, placer, risas y tristezas. Seguramente si no seguimos el mismo ritual de enchufar PC- cocina – nevera/café – vuelta al PC, seguro sí sentimos muchos ese vínculo odioso que crea cierto desazón ante lo que parece una lenta espera, que si la pensamos, dura unos escasos minutos, pero que a veces incluso nos desespera.

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