2/5/04

El Malagueño Errante

Eran las diez y media de la mañana, entraba dentro de la hora citada, esperaba no haberme retrasado mucho, no quería hacerle esperar en un primer encuentro, pero ya sabéis que aparcar en la ciudad, sin ocupar un vado, una zona azul y no hacerlo en doble fila es un reto apasionante en las cercanías de un centro comercial de la ciudad.

Eran las diez y media de la mañana, sólo una foto podía hacer que nos reconociéramos, alejadas tan a menudo de la extraña realidad. Podía haber reconocido su voz, aunque apenas la había oído en la lejanía del teléfono móvil, por lo que sólo recordaba su acento, acento malagueño de manzanilla, sol y poesía, que poco me iba a ayudar a reconocer su rostro entre los que sentados y leyendo el periódico del día, esperaban detrás del recinto acristalado del hotel. Esperaba el parado al entrevistador que le hará sudar ante la expectativa ansiada del empleo; esperaba la bella amante, cautiva detrás de las gafas de sol al deseado (o no) amado; esperaba BiDo a una parte de Alas y Balas, con la que había, casi de casualidad, quedado un día antes.

Eran las diez y media de la mañana, un hola tímido, un saludo cordial, un qué hacemos, dónde te llevo, me acompañas, qué es de tu vida, tráfico, una visita real, unas risas, muchos recuerdos, un par de cervezas, el mar, la playa, el reloj que hace pasar los minutos, miles de conversaciones a medias, miles de conversaciones por acabar, un secreto, una encantadora presentación y una promesa.

Ya es la una y media del mediodía.

Álvaro, a ver si continuamos todo lo que empezamos. ¡Suerte!

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