21/5/04

Chorizos, Polacos y Panduros

Estos días de desmedida futbolística por doble partida, casi comparables en mi ciudad con los de la boda real en la capital, me ha hecho una vez más, analizar el comportamiento humano, contagioso en ocasiones, porque igual hasta yo cantaría Amunt València para hacer la puñeta a mi colega del Madrid, así como mi madre llorará mañana en la boda, a pesar de que no ha hecho más que despotricar toda la semana.

Mientras esto pasaba por mi cabeza una imagen vino a mí, y como resorte instantáneo hizo dirigir mis pasos hacia unos apuntes de la facultad sobre el teatro de mediados del siglo XVIII. Los hechos que cuento pasaban en Madrid, tan acostumbrada a estos desafueros producidos por el nuevo opio del pueblo, el fútbol. Haced vosotros las comparaciones oportunas:

    El teatro, único espectáculo entonces, era un jolgorio de ruidoso esparcimiento, en el que lo puramente literario tenía poquísimo que ver. Por aquel entonces había dos bandos claramente definidos en la ciudad, por un lado el bando de los Chorizos partidarios del Teatro del Príncipe con sombrero adornado por una cinta color de oro, y por el otro, los Polacos, estos con sombrero de cinta azul celeste, que defendían a muerte los carteles de su teatro, el Teatro de la Cruz, para así convertir la representación en una gresca de barrio. Cada grupo defendía la superioridad de sus cómicos (galácticos o terrenales) o sus autores preferidos (creo que no había holandeses, ni argentinos, eran todos castizos) y acudían incluso al teatro de sus rivales a reventar la obra de un escritor contrario o a patear la actuación de los cómicos del otro bando, cargados de unas buenas provisiones de verduras y huevos. El éxito de una obra, si tenía la suerte de estar en cartel con semejante público, residía en hacer funcionar cualquier truco escénico, aun el más burdo, que halagara el deseo insaciable de espectáculos maravillosos.


El fin original del teatro era el estético y artístico, el fin original del fútbol era el deportivo, hoy es mero espectáculo con tramoya y trucos incluidos, igual que aquél, sólo que entonces era el único espectáculo y ahora el teatro casi no puede tirar adelante. Aun así, me preguntaba si estos Chorizos, estos Polacos, o los Panduros que vinieron después con la inauguración de otro teatro, el de los Caños (aunque parece que en este caso eran de segunda división) tendrían tantos petardos como ahora.

Señores, señoras ¿qué nos está pasando? Tengo la impresión de que cada vez somos más ridículos, si no me creeis imaginad al obispo y a la alcaldesa ondeando una bandera del equipo campeón desde el balcón del ayuntamiento.

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