21/4/04

Quien Esté Libre De Pecado...

"En un rincón de la celda… una mujer velada está acabando de rezar. Las dos milicianas indican al guardia que se retire. Cuando se quedan solas, esperan a que la detenida se incorpore para acercársele y, sin miramientos, le ordenan que se ponga derecha y empiezan a atarle apretadamente brazos y muslos; luego, tras haber comprobado que los cabos de cordel están bien tensos, la envuelven en un amplio saco de lienzo y la obligan a caminar delante de ellas por el corredor. […]

El vehículo se detiene ante la zanja recién cavada. Meten dentro a la pecadora mientras la increpan por todas partes… Un energúmeno colosal planta a la mujer impura en la zanja y la entierra hasta los muslos para que se quede tiesa y no pueda moverse.

Un mulá se echa los faldones de la chilaba por encima de los hombros, mira una vez más de arriba abajo el amasijo de velos bajo el que se dispone a morir un ser humano y dice con voz tonante:

    -Hay seres que escogen revolcarse en el lodo como los cerdos. Y, no obstante, conocieron el Mensaje y supieron las calamidades de la tentación, pero no prosperó en ellos fe suficiente para resistirlas. Hay seres míseros, ciegos y frívolos que prefirieron un momento de desenfreno, tan efímero como despreciable, a los jardines eternos. Apartaron los dedos del agua lustral de la abluciones para hundirlos en las escurridizas, se taparon los oídos cuando llamaba el almuédano para no escuchar más que las indecencias de Satán… (Tiende un brazo, como si fuera una espada hacia la momia.) Esta mujer sabía muy bien lo que estaba haciendo. La embriaguez de la fornicación la apartó de los caminos del Señor. Hoy es el Señor quien le vuelve la espalda. No se merece ni su misericordia ni la compasión de los creyentes. Va a morir en la deshonra, igual que ha vivido.

El mulá… recita primero un azora y lee, después, algo que parece una sentencia;… insta a la muchedumbre a proveerse de piedras. Es la señal. Con indescriptible precipitación, la gente se abalanza hacia los montones de pedruscos que, a tal efecto, habían colocado en la plaza unas horas antes. En el acto, un diluvio de proyectiles cae sobre la condenada, quien, por estar amordazada, se tambalea bajo la saña de los golpes sin un solo grito… Al cabo de un minuto, ensangrentada y descoyuntada, la condenada se desploma y deja de moverse. Esa rigidez galvaniza a los lapidadores, que, con los ojos en blanco y echando espuma por la boca, se tornan más y más feroces, como si pretendieran resucitarla para prolongar el suplicio. Presas de su histeria colectiva, convencidos de que por mediación del súcubo exorcizan a sus propios demonios, algunos no se dan cuenta de que el cuerpo, acribillado por todas partes, no reacciona ya ante las agresiones, que la mujer inmolada yace sin vida, medio enterrada, como un saco de espanto arrojado a los buitres."

Yasmina Khadra. Las golondrinas de Kabul.




Cuando me propuse leer este libro algo me dijo que acabaría escribiendo sobre él, todavía no lo he acabado, pero una vez más un correo ha inquietado mi espíritu, como las otras dos veces anteriores en que lo recibí, solo que en esta ocasión yo había leído este fragmento de texto, ahora mi inquietud se ha convertido en verdadero estupor.

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